sábado, 21 de febrero de 2015

Somos historia.

Somos historia, eso que nos dibuja falseados y nos indica que es improbable no repetirse, no dejamos de ser un manojo de testimonios y hechos ordenados cronológicamente y transformados en un relato más o menos contrastado que suele tener el capricho de buscar varias causas para cada efecto, escrito además por todos aquella/os que resistieron para poder contarlo, con lo que tampoco se tiene en cuenta con esa opinión y enfoque de los que, en ese preciso momento de contarlo ya no están. Es como un curriculum exagerado. Y como todo curriculum está saturado de exageraciones, falsedades, olvidos y mentiras significativas sobre las que mejor no nos pregunte nadie, porque podríamos liarla parda. No hay mayor ironía que nuestro propio destino. Y tampoco hay destino más decente que la injusticia de la verdad.

Así las cosas, no nos debería extrañar que nosotros también seamos historia, historia emocional.

Solemos definir como familia a mucha gente que en el fondo nos da igual. Pregonamos a los cuatro vientos que encontramos pareja, que por fin renunciamos a la soledad. De nuestro descubrimiento hacemos una novela y la empezamos a extender, dilatar, ensanchar, estirar. Hasta que un buen día algo se rasga y hay que recomenzar a escribir la que siempre acaba siendo una trilogía. Y creamos un nuevo clásico tipo Millennium.

Algunas veces las incoherencias matan la conexión de la trama, así que o bien las dejamos de lado o terminamos añadiendo detalles y referencias  que hacen que todo parezca de lo más lógico y normal. “Lo dejamos por esto y aquello. Apareció esa diferencia que lo cambió todo. Esas fueron realmente las causas de nuestra ruptura. Siempre estuvo claro que lo nuestro no podría durar mucho. Ahora no caería en los mismos errores. Lo siento, me he equivocado, no sé querer como tú quieres. Si llego a saber lo que ahora sé”. Haz un ejercicio y conecta todos esos puntos. Analiza tus posibles errores, si es que los hubo. Hoy fracasa mejor que ayer, pero no que mañana. Unas veces se gana y otras también.

Luego están las mentiras que nos decimos para que todo siga avanzando. Porque si no fabulamos lo que sentimos, nos sería imposible dar un paso adelante, ni odiaríamos lo que conseguimos, ni amaríamos lo que dejamos atrás. Y como dice Javier Cercas, la realidad es la que nos mata, y la ficción la que nos viene a salvar.

Probablemente te volverás a enamorar y de quien no debes y la volverás a cagar. Volverás a demoler ese ejercicio. Y las oscuras golondrinas, también volverán. Y volverás a sentirte tan memo como siempre lo fuiste. Y tendrás que reinventarte antes de reconocerlo, antes de echarte la culpa a ti mismo, algo que en su momento no viste. Para que todo siga siendo coherente. Para que  sigas mirándote al espejo sin reconocer que continúas sin tener ni puta idea de nada. Que el tiempo pasa por nuestro cuerpo dejando de todo, menos lo que tendría que dejar. Sensatez, conciencia, hábito, estilo y ganas de volverlo a intentar.

Somos historia. Y curiosamente sólo otorgan un Goya por mentir cuando de entrada todo el mundo está al corriente de que nada es verdad. Y hacen bien. Por eso se  echan en falta unos premios al cuento de la vida diaria. Al no, si ya sé que yo no soy fiel, pero eso sí, soy de lo más leal.

Estaríamos celebrando premios todos los días de la semana.


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